
Gioconda Palacios La prensa
A San Francisco y a su iglesia iba todos los veranos de mi infancia; mis vacaciones las pasaba en la casa de la abuelita en cuyas piernas recibía las caricias de sus manos santas. Con cariño y cuidados ayudaba a mi madre en la formación de sus seis hijos: Justo Fidel, Tere, Ody, Ibeth, Lizi y a mí. La abuelita era frágil, se veía alta, quizás porque era delgada, blanca, muy blanca, con una imagen sobria y recatada.
Usaba vestidos de mangas largas, que resguardaban sus brazos, así como las rodillas cubiertas por el largo del traje, siempre chocolates o blancos con chispitas chocolates, era su tónica, nunca de colores.
Llevaba cabellos largos que le llegaban a la cintura, recogidos en moño a la nuca que fijaba con una peineta negra, los que cubría con chalina para ir a misa.
A la abuelita debemos los primeros cuidados de belleza: cuidar el rostro con agua de arroz y pasar sábanas desgastadas pero suaves y limpias, así era ella, sencilla, pero sobria.
La abuelita enviudó temprano. Con humildad y la ayuda de algunos, entre ellos: mama Quina, y tía Rebe, la mayor de los nueve hijos, pudo criarlos a todos.
Su mayor fortaleza y respaldo fue la oración, con ella, aprendimos a pasar las cuentas del rosario en las noches de verano, rezar las letanías, el ángel de la guarda, el salve, uno de sus cuartos era un santuario donde resaltaban la Virgen del Carmen, y un crucifijo de madera chocolate.
Era tierna, bondadosa y educada, hablaba despacio y en voz baja, pasos firme, cuidadosos sin ruidos, nunca golpeaba el suelo.
Cuando iba a casa, su presencia poco se notaba, excepto por sus cuidados.
Dentro de sus limitaciones, siempre había comida para los más pobres. A su casa llegaba la gente del campo que bajaba de las montañas: algunos pedían y les daba posada, así aprendimos a cultivar valores y principios como la perseverancia, la responsabilidad, el optimismo.
Además aprendimos a levantar el ánimo cuando todo parece estar perdido, la solidaridad, la bondad, la humildad, la equidad y la inclusión social.
San Francisco representa el amor, el cariño, la paciencia, la calma, la cuna de nuestra formación, allí cultivamos con la mama abuelita Manuela, junto a mis tías Rebe y Joaca, la sencillez de las cosas, el saber que la felicidad no es la cuantía y sí, los momentos sanos.
Momentos de alegría como: los paseos a la Cruz, al Llano, a Pueblo Nuevo donde la señora Saba o al Salto, el desayuno con las arepas de la señora Crecencia, el cruzar la calle donde las señoras vecinas: Alcida y su sobrina Alicia, la maestra Elena, Antonia, Máxima, Trina con sus hijas Elsa y Rosi, Librada o Virginia, quien costuró alguna pieza de infancia, o ir donde la maestra Chila, el Padre, tía Charo, Mochi, Noya, o Lilia; conversar con los parientes, primos o con los primos, hijos de tío Micho.
Además de los paseos a la quebrada San Antonio con Joaqui, y saludar a Georgina y Conce, coger marañones, pescar sardinas con botellas o camarones debajo de las piedras.
También el jolgorio de Semana Santa: el canto de los totorrones que con hilo volábamos, el domingo de ramos; las procesiones de la Dolorosa o del Silencio (con el Penitente), que culminaba con las lloronas (hombres que vestidos de mujer a todos correteaban llorando al judío que por último quemaban..&hellip
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Y en Navidad los inigualables nacimientos de la tía Joaca, con guirnaldas de lentejas adornando el pesebre.
Cómo olvidar los cuidados de tía Rebe, con nuestra ropa, y comidas, mientras Joaca de nuestra recreación se ocupaba, y, dónde dejar los chistes de tío Micho, el agua fresca de la tinaja o los dulces de marañón y de naranja agria, con Semana Santa, aumentó la añoranza.
Memorables recuerdos que alimentan el espíritu y sanan nuestras almas, cuánta miel en el cáliz de nuestra crianza, principios y valores en medio de la vida con necesidades, cuánta riqueza de sabiduría en la cotidianidad de los veranos de la infancia.
Cuánto nos quisieron esas tres damas, cuánto las quisimos, cómo no querer a San Francisco, a San Pancho, hogar de nuestra infancia, cuánta nostalgia por ese pueblo, su gente, parientes, por allí pasamos, nuestro consuelo fue sentarnos en el portal de las casas, y ver que todo sigue intacto, una ramita de la enredadera de lentejas, trajimos como recuerdo. Cómo extrañamos a esas tres damas, sobre todo a la abuelita, aún nos hacen falta, aún ....con ella sueño cuando busco apoyo, calma mis angustias y desasosiegos, cuando así sucede despierto con inmensa nostalgia, pero repleta de alegría....
Por ese encuentro tardío, en la ausencia de esas tres nobles y amadas mujeres, me he permitido recordar, en nombre de mis hermanas, nuestros mejores y más inocentes momentos, de la infancia, San Francisco de la Montaña, origen de nuestra madre, la casa de la abuelita, la cuna de nuestra infancia, donde nuestro hermano Justo, dio uno de sus penúltimos recorridos antes de recibir la orden de partir a recorrer mundos nuevos.