
Ney Castillo
Para el sacerdote José Schmiehuizen la disciplina era muy importante, tanto fue así que este fue un requisito esencial a la hora de implemen tar normas de conducta a los estudiantes del Instituto Agropecuario Jesús Nazareno de Atalaya, al cual sirvió y apoyó toda su vida.
Este sacerdote de nacionalidad holandesa, quien llegó al país como hermano religioso católico de la organización Los Cruzados de San Juan Evangelista, dirigió este centro escolar agropecuario los 45 años que lleva funcionando.
El padre Schmiehuizen con los años de estar en Panamá fue ordenado sacerdote y continuó laborando en Atalaya, como director y docente de la cátedra de religión, moral y cívica, y también como párroco de Atalaya por más de 20 años, en la que dejó sus huellas sacerdotales, donde la gente lo apreciaba y respetaba por sus actuaciones.
Juan Manuel Guevara Maure, un profesional egresado del Instituto Agropecuario Jesús Nazareno, recuerda al padre José como una persona alegre, chistosa y hasta bromista, pero que a la vez era estricto en los momentos que tenía que serlo, sobre todo en aspectos como la disciplina y el orden en el colegio, donde no vacilaba para aplicar las reglas.
Guevara recuerda que el religioso siempre hacía énfasis (hasta sus últimos días) en que había que aprender para servir, para siempre darle al prójimo sin esperar nada a cambio.
Guevara Maure dijo que las enseñanzas que recibió en sus días como estudiante le han servido para ser hoy un profesional y empresario exitoso.
"En lo personal le tengo mucho que agradecer al padre José, pues fue mi formador. Años después envié una carta de agradecimiento por la educación y formación que recibí (...), fui educado en el colegio de forma gratuita", explicó.
La idea original era crear un orfanato, pero en vista de que no había población que atender en esa época, se transformó en un instituto agropecuario, que le sirviera a los estudiantes de áreas rurales y de escasos recursos del país para educarse.
Con la llegada del padre José a Atalaya se le delegó la responsabilidad de dirigir el plantel y logró conseguir donaciones internacionales para echar a andar el proyecto.
Al frente del plantel el sacerdote tuvo que librar muchas batallas para lograr el objetivo de que los más pobres tuvieran la oportunidad de estudiar, sobre todo en un área agropecuaria, saliendo siempre adelante.
Además tuvo la difícil tarea de enfrentar las acusaciones de delitos sexuales que se hicieron en el plantel en contra de religiosos que fungían como docentes, defendiendo siempre la buena imagen del plantel.
El padre José dedicó gran parte de su vida a educar desde Atalaya, donde pasó sus últimos días y donde reposan sus restos, sin embargo, frente a su ausencia queda el legado de un maestro que siempre enseñó la disciplina y la verdad.